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Manifesto al Santo Padre (To the Holy Father) Spanish & English)

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MANIFIESTO CATOLICO
EN FORMA DE CARTA ABIERTA
A S.S. FRANCISCO

Beatísimo Padre:

El Cardenal Suenens, privado del Papa Pablo VI, afirmó en cierta ocasión que el Concilio Vaticano II era “1789 en la Iglesia”, como Romano Amerio recoge en su magistral obra Iota unum. Tampoco el entonces Cardenal Ratzinger tuvo empacho en afirmar que ese mismo Concilio representaba la asunción, por parte de la Iglesia, de dos centurias de tradición liberal. No es momento de exponer por menudo los estudios y opiniones que se han vertido al respecto, valgan las autorizadas afirmaciones que hemos traído a colación. Ahora bien, nosotros, junto con los Papas Gregorio XVI en su Encíclica Mirari Vos, Pío IX en su Encíclica Quanta cura y en el Syllabus, León XIII en sus Encíclicas Libertas Praestantissimum e Inmortale Dei, S. Pío X en su Encíclica Pascendi, en el Decreto Lamentabili y en la condenación del sillonismo, Pío XII en la Encíclica Humani Generis, por sólo citar los documentos más señalados, no podemos menos que rechazar por completo el liberalismo, siguiendo y obedeciendo religiosamente la doctrina unánime de todos los Papas anteriores al Vaticano II.

No creemos que ni Vuestra Santidad, ni Papa ni Concilio alguno ni aun un ángel bajado del cielo pueda apartarnos de doctrina tan clara y tan constante y obligarnos a abrazar lo que aquellos Papas con claridad meridiana y su autoridad apostólica condenaron. Si así fuera, apellamus ad Petrum, es decir, al Pescador de Galilea y Príncipe de los Apóstoles, pues si por dar testimonio de la misma verdad que la Santa Iglesia Católica santamente custodió y afirmó sin miedos ni vacilaciones a lo largo de los siglos hubiéramos nosotros de ser castigados, confiamos en que nuestra obediencia a las sanciones que la Jerarquía de la Iglesia nos impusiera moverían al Sagrado Corazón del Señor Jesucristo a tomar por sí mismo el juicio de nuestra causa, aunque tuviera que bajar del Cielo el mismo San Pedro a poner las cosas en su sitio.

En su virtud, debemos decir a Vuestra Santidad que rechazamos por completo no sólo la Declaración sobre la Libertad Religiosa del Concilio Vaticano II, que representa la plena asunción del liberalismo y de la libertad de cultos tan ampliamente condenada por los Papas y contiene incluso expresiones condenadas anteriormente en su tenor literal, sino además todo ese Concilio, pues todo él está transido de los mismos errores. No es momento de exponerlos con mayor largueza. Mas no crea que con ello rechazamos un Concilio Ecuménico, Dios nos libre de hacer tal cosa. Antes bien, negamos que ni el Papa ni aun con él todos los Obispos puedan imponer a la Iglesia doctrinas nuevas y solemnemente condenadas por los Romanos Pontífices. No tienen éstos ni el Concilio Ecuménico autoridad alguna para trastocar el Depósito de la Fe ni menos aún para enseñar lo que se sale de la Sagrada Escritura y de la Divina Tradición. Y vea Vuestra Santidad que, diciendo esto, no nos apartamos ni un ápice de la Doctrina de la Iglesia. Hay que obedecer al Papa y a los Obispos cuando mandan tanto lo justo como lo injusto, pero jamás cuando lo que mandan es pecado, ni aun venial, y pecado es y el más grave de todos corromper la Fe y aceptar que se corrompa. Negamos, pues, que el Vaticano II tenga fuerza alguna jurídica para obligar en la Iglesia. Jamás en toda la historia habló Concilio alguno con tales palabras ni semejantes doctrinas, como tampoco los Papas que precedieron a quienes lo convocaron, lo promulgaron y lo impusieron a la Iglesia a sangre y fuego.

Mucho han llorado y lloran los obispos de España, por sólo poner un ejemplo, al ver cómo los diversos gobiernos liberales no sólo han promulgado leyes contrarias a la doctrina católica sino que además, y es lo más grave, han destruido por completo el espíritu, el alma de esta nación. Pero olvidan o no quieren recordar que fueron ellos, y por encima de ellos el Vaticano, quienes quisieron que después de mil cuatrocientos años ininterrumpidos de confesionalidad católica del Estado español, abandonara esta nación esa confesionalidad para pasar a ser, cosa nunca antes vista, aconfesional. Todo ello como aplicación de la Declaración sobre la libertad religiosa ya citada y bajo el principio, explícitamente formulado por el Cardenal Tarancón, de “una Iglesia libre en un Estado libre”, que ya había sido condenado en su tenor literal por León XIII. Lo sucedido en este país es perfectamente aplicable a otros muchos antaño católicos. La jerarquía de la Iglesia ha aceptado así los fundamentos del estado liberal, condenados repetidamente por los Papas, y ha renegado de aquel principio, tan sabiamente enunciado por Pío XI en su Encíclica Quas Primas, que pone al Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo como eje de la visión política de la Iglesia. Porque si somos católicos por fuerza hemos de aceptar como falso el primer postulado del liberalismo según el cual la soberanía nacional reside en el pueblo, siendo así que la Sagrada Escritura nos enseña, en palabras del Apóstol, que el poder viene de Dios.

Negada la confesionalidad y puesto el poder en el pueblo y en su voluntad mayoritaria, el Estado ya no tiene vinculación alguna con la doctrina de la Iglesia y no se siente obligado a acatar y cumplir la Ley de Dios, sobre todo en su acción legislativa. Ahora bien, si el Estado recibe su poder del pueblo y no se siente obligado a cumplir los Mandamientos, resulta que tampoco el pueblo se siente obligado a cumplir esos mismos Mandamientos, pues tampoco los cumple el Estado en quien él delega su supuesto poder. Ilógico sería que el superior se viera constreñido por unas normas a las que no está constreñido el inferior, y esto es lo que hoy estamos viendo y viviendo en esos Estados liberales queridos y bendecidos por la Jerarquía posconciliar.

Volviendo al Vaticano II, negado el fundamento, ha de negarse a fortiori cuanto sobre él se ha construido. Mas no sólo por el falso fundamento en que se apoya, pero aun por motivos intrínsecos. Así, declaramos ilegítimos y carentes de toda obligatoriedad jurídica el Misal y toda la nueva liturgia promulgados por Pablo VI y Juan Pablo II no sólo porque dependan de tal supuesto Concilio, sino porque jamás en toda la historia de la Iglesia se llevó a cabo en la Liturgia católica deformación tan profunda y sistemática so capa de Reforma. Nunca estuvo en uso en la Iglesia de Dios rito alguno, así en Oriente como en Occidente, que tenga semejanza ni aun remota con las irreverentes y a veces sacrílegas ceremonias -valga como ejemplo el gesto, sumamente deplorable, de depositar el Santísimo Sacramento en manos de los comulgantes- ilegítimamente impuestas a sacerdotes y fieles. La tradición litúrgica hasta el Vaticano II es absolutamente lineal y coherente en sí misma, no refleja jamás ruptura alguna con lo precedente sino una evolución en todo análoga a aquella de carácter homogéneo experimentada por los dogmas, como podrá apreciar quien, sin prejuicios modernistas, estudie la historia de esta hermosa disciplina.

Así como a partir de la Revelación pública y concluida de una vez para siempre con la muerte de los Apóstoles, por la mayor profundización del quehacer teológico y por la reacción contra las herejías la Iglesia fue precisando los dogmas a lo largo de los siglos con plena claridad, absoluta exactitud y autoridad infalible, así también revistió a los sacramentos instituidos directamente por Nuestro Señor Jesucristo, por medio de una evolución totalmente homogénea, de unas ceremonias que no carecieron de la asistencia del Espíritu Santo a la hora de ser instituidas. Declaramos falso el principio, ampliamente difundido en la Iglesia de hoy, según el cual la evolución de la Liturgia a partir de los ss. VII-VIII hubiera sido deformación y no evolución homogénea querida e inspirada por Dios. Hereje sería quien aplicara el mismo principio al Dogma católico y hereje declaramos a quien lo aplique a la Liturgia. Afirmamos que el Rito Romano, aprobado por mandato del Concilio de Trento en sus diversas formas por el Papa San Pío V, es substancialmente irreformable. Reformas accidentales han sido siempre admitidas por los Papas, especialmente en los cincuenta años que median entre la promulgación de la nueva distribución semanal del Salterio hecha por San Pío X y el comienzo del Vaticano II, pero sin afectar jamás a la substancia del Rito.

Son precisamente esas reformas preconciliares las que de modo más elocuente rechazan las posconciliares. Pues en efecto, ¿cómo explicar que habiéndose promulgado un nuevo Salterio semanal, en sólo sesenta años se publicara uno nuevo distribuido en cuatro semanas, cosa jamás conocida en toda la historia? ¿Cómo es posible que en 1955 el Papa Pio XII publicara un nuevo Orden de la Semana Santa y Juan XXIII en 1962 un rito reformado para la Dedicación de Iglesias y altares, y que sólo quince años después, en 1970 y 1977 respectivamente, nos encontremos con otros absolutamente distintos promulgados por Pablo VI? Pero ambas reformas son tan radicalmente diversas que o bien era correcta la primera y errónea la segunda, y bien lo contrario, ambas se contradicen y excluyen. Pero si lo primero, no precisamos más para demostrar lo erróneo de la segunda reforma, si lo segundo, ¿quién nos garantiza que, siendo errónea la primera reforma, no lo sea también la segunda, mediando tan corto lapso de tiempo entre ambas?

La Liturgia católica es el Cielo en la tierra, el culto que el Cuerpo místico de Cristo unido a su cabeza así en la tierra como en los cielos, tributa a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo, unidad que no es otra cosa que la misma Iglesia militante, purgante y triunfante. Allí está el Cielo donde está Cristo glorioso, Dios y hombre, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, es decir, sentado a la derecha del Padre en las alturas, y sacramentado en nuestros altares. Él es el vencedor del pecado y de la muerte, y como tal, celebrando con justicia su triunfo, lo recibió siempre triunfante la Iglesia, ampliamente adornada incluso materialmente con toda suerte de riquezas por su Divino Esposo para que como Esposa dignamente lo recibiera y con El celebrara su victoria. La Liturgia católica es triunfante y no puede ser otra cosa porque la Iglesia ofrece en sus altares y preserva en sus Sagrarios al que, glorioso y sacramentado, es cabeza del Cuerpo místico, al cual ha rescatado y regado con su Sangre derramada en la Cruz. Triunfante porque Cristo Señor la fundó en esta tierra y nadie ha sido ni jamás será capaz de aniquilarla. Triunfante por la sangre de los mártires, por la fortaleza de las confesores, por la dedicación de los pontífices, por la pureza de las vírgenes. Triunfante por haber aniquilado todas la herejías, por haber aplastado al diablo una y mil veces, por haber vencido al mundo una vez tras otra. Triunfante, en fin, porque cuando estamos en gracia de Dios y nos acercamos a recibir el Santísimo Sacramento estamos místicamente sentados triunfando con Cristo en los cielos, y no recibimos otra cosa que al mismo a quien ven cara a cara los ángeles y los santos en aquella inefable visión beatífica, y que es el alimento de los salvos por toda la eternidad.

No es esto lo que hoy se vive en la Iglesia conciliar. Se ha despreciado por completo el triunfalismo en la Liturgia utilizando a menudo en el culto lo más bajo y despreciable, convirtiéndola en un servicio realizado no para dar culto a Dios sino para halagar a los hombres. Se ha olvidado por completo el triunfo de Cristo y lo que se celebra es, Dios nos perdone, el triunfo del hombre que obtuvo el enemigo de Dios y del género humano en el Vaticano II. Jamás en toda la historia se ha tratado peor a Cristo sacramentado. Jamás se había pervertido tanto el verdadero sentido del culto católico, porque al negarse en su Liturgia el triunfo de Cristo se niega la unión con la Iglesia triunfante, y al mismo tiempo nuestro futuro y nuestra eterna salvación. La Liturgia ya no celebra el triunfo de los santos sobre el diablo, el mundo y la carne, sino el del hombre que, prestando oídos al diablo, pretende disfrutar de este mundo y de su propia carne. Si no nos cree, pregúntese cuántas veces predica Vuestra Santidad sobre la lucha contra el diablo, el desprecio del mundo y la victoria sobre nuestras pasiones, temas que encontrará profusamente expuestos aun en los más antiguos homiliarios. Vuestros Obispos y sacerdotes no predican sobre ellos más que Vuestra Santidad y quien lo hace se encuentra con el rechazo de unos fieles que han sido educados durante años en una mentalidad que no es católica.

Porque por desgracia el Vaticano II no sólo contiene graves errores doctrinales y ha propiciado la destrucción de la Liturgia católica sino que ha causado la total desaparición de la Filosofía cristiana, de la genuina Teología católica, y un cambio radical en la mentalidad de sacerdotes y fieles. Baste de ejemplo que en ningún Seminario, y los de Vuestra Santidad en Roma no son la excepción, se estudian ya hoy los textos de Filosofía y Teología anteriores al Vaticano II, que han sido enviados al erebo no sólo por la ignorancia del latín a la que se somete a los seminaristas a fin de evitar que puedan ir a beber de las límpidas fuentes de la Tradición, sino porque ni siquiera se admitirían como texto las traducciones que aún hoy están al abasto. Jamás en toda la historia había ocurrido en la Iglesia otro tanto, jamás acaeció una ruptura tan monstruosa en la tradición filosófica y teológica. El abandono de la Filosofía y de la Teología precedentes ha acompañado siempre a toda herejía, pues es imposible que acepte la mentira nueva quien estudia la verdad de siempre. Como eje de todo ello hay que señalar aquel giro antropocéntrico que Rahner, uno de los mayores culpables de las desviaciones del Vaticano II, señala, con curiosa sinceridad, como su fruto principal.

Y no le faltaba razón pues ya en 1974 el Cardenal Wojtyla, tras un viaje a Canadá, dijo de los católicos que allí había encontrado: Es triste que se den culto a sí mismos. Lo que este purpurado decía entonces se puede y debe extrapolar a toda la Iglesia, y no sólo en aquella época, sino también y cada vez más en la presente. En efecto, es al hombre a quien se da hoy culto en la Iglesia conciliar siguiendo el sofisma de Protágoras: De todas las cosas, el hombre es la medida. La medida no es ya el Verbo humanado al que todos los hombres, con la ayuda de la gracia, deben dar culto y esforzarse en imitar en liza con los tres enemigos del alma, sino el hombre caído, Adán, que ignora la Cruz y cuanto tenga aun el más mínimo sabor a ascesis. Y así nuestro primer padre, engañado por la mujer y por la serpiente, el que tenga oídos para oír que oiga, sale de la tumba cual espantajo y, ocultando con la falsa luz del ángel caído el hecho de no ser otra cosa que el hombre viejo, es presentado ante el mundo como la nueva medida y en suma como el falso cristo. Porque siendo en la Sagrada Escritura Adán el tipo y Cristo el anti tipo, y esto es enseñanza del Apóstol, si Adán substituye a Cristo se convierte, por oposición, en el Anticristo. Y éste es el que está hoy entronizado en el lugar santo. Pues a la medida del hombre viejo es la nueva liturgia, la nueva filosofía, la nueva teología, la nueva moral, el nuevo derecho canónico, la nueva espiritualidad, carente de Cruz y de ascesis, y en suma, la nueva iglesia conciliar. Y es algo tan evidente que no precisa demostración salvo para aquellos, por desgracia la inmensa mayoría, que se encuentran a gusto en medio de la trágica corrupción de la Fe y de las costumbres que todo ello supone, a los cuales, por cierto, nada les podrá convencer del error de sus planteamientos, como nada pudo convencer a Lutero de la verdad católica.

Toda herejía toma por base una verdad católica para, sacándola de su contexto, convertirla en el eje de un cristianismo nuevo y falso. Así, la nueva Jerarquía ha tomado como verdad axial y fin supremo el bien natural del hombre, al que todo debe someterse. Se deja en la penumbra o se oculta que el mayor bien del hombre, que no tiene parangón con ningún otro, es el sobrenatural, es decir, la gracia de Dios, que se ha de transformar en gloria en el siglo futuro, y que el fin del hombre no es él mismo ni este mundo sino Dios y su gloria, como nos recuerda San Ignacio de Loyola en el Principio y fundamento de sus Ejercicios. Esta es la perla preciosa, tanto más cuanto más nos santifica, nos renueva y nos transforma en Dios, este el tesoro escondido que llevamos en vasijas de barro, las cuales al romperse dejarán para siempre al descubierto lo que somos, o el hombre viejo destinado al infierno eterno o el hombre nuevo santificado por gracia y destinado a la gloria perdurable. No es un error hacer hincapié, y mucho, en las Obras de misericordia, como que fue nuestro Señor Jesucristo quien nos las encomendó con las más severas amonestaciones y la Santa Iglesia las ha cumplido sin falta a lo largo de los siglos, el error es hacer de ello el eje del cristianismo poniendo como fin al hombre y su felicidad en este mundo. Jamás en los relatos evangélicos o en los escritos apostólicos se encontrará afirmación alguna que ni aun de manera remota pueda hacer pensar que Dios pretenda o nos prometa nuestra felicidad intramundana. Jamás en toda la Tradición de la Iglesia se hallará nada que ni de lejos pueda recordar semejante idea.

Ese bien material y mundano del hombre, convertido en base de este falso cristianismo y revestido con los arreos de una paz más aparente que real, es también la base del ecumenismo. Para rezar por la paz como pretendido bien supremo del hombre se han reunido los Papas a fin de alzar sus oraciones, sin sentir pudor alguno, con los ministros de las falsas religiones que rezaban a sus falsos dioses, besando el Corán, poniendo a Buda sobre los Sagrarios, participando en ceremonias judías y un sinfín de atrocidades que sería oneroso recordar. Y siempre con la excusa de una paz que es percibida como la condición sine qua non para la felicidad del hombre aquí y ahora. De este modo el catolicismo ya no es más la única Religión revelada y por tanto verdadera, sino una más entre las otras que a lo sumo es más verdadera que las demás, que resultan no ser falsas. Y no se ve en ello contradicción alguna pues que habiendo puesto como fin supremo al hombre y como su mayor bien la felicidad terrena, no hace falta preguntarse por el destino eterno de aquellos mismos que, rezando por la paz junto a los Papas, bajaron tras su muerte a los infiernos por carecer del Bautismo y de la Fe católica. No es ya lo que preocupa el eterno más allá de cada ser humano, que movió la incansable acción misionera de la Iglesia a lo largo de toda su historia, pues habiendo sido aceptado por los más que todos los hombres se salvan no hay para qué detenerse por más tiempo en ese asunto, que ya parece estar tan felizmente solucionado, sino en el disfrute en paz de este mundo en que vivimos. Y así, son legión los misioneros que comprenden hoy en día su tarea no como propagación del Reino de Cristo y de su Gracia sino como una mera asistencia social y promoción de los pueblos desfavorecidos. La Tradición de la Iglesia pone al descubierto la falsedad de tales principios pues no fue San Francisco Javier a dar de comer a los chinos y a los japoneses, sino a enseñarles el Catecismo y a que se le cansara la mano de bautizarlos.

Se olvidan los tres lemas que aparecen en los escudos de armas de los tres grandes Papas del s. XX, San Pío X, Pío XI y Pío XII. Porque la paz es fruto de la justicia, Opus iustitiae pax, como reza el de Pío XII, y en su virtud no puede haber paz allí donde no hay justicia. Mas como justicia es dar a cada cual lo que le corresponde resulta ser que sólo en la Iglesia Católica puede existir la verdadera justicia, porque sólo ella es la única Religión verdadera y revelada por Dios, la única en la cual se le puede dar a Dios y al hombre lo que por mandato del mismo Dios les corresponde, a Dios la gloria y al hombre la gracia. Porque la paz verdadera es la que Cristo hizo entre Dios y los hombres al vencer al pecado, fuente de toda discordia, y al ofrecer a Dios Padre en el árbol de la Cruz el sacrificio que por los pecados de los hombres demandaba la eterna salvación de éstos. De donde se sigue que sólo en el seno de la Iglesia Católica puede existir la verdadera paz, porque sólo en ella se puede cumplir con toda justicia y ella sola es la administradora de la Sangre redentora y pacificadora de Cristo. Esta paz es la que Cristo dio a sus Apóstoles enseñándoles que no se la daba Él como se la da el mundo, y por ello con toda razón luchamos para que prevalezca la paz de Cristo en el Reino de Cristo, Pax Christi in regno Christi, como reza el lema de Pío XI. Porque si somos católicos, de ningún modo podemos aspirar a la paz que el mundo da sino a la que da Cristo Señor, paz que se dispensa únicamente en el Reino de Cristo, que espiritualmente es la Iglesia Católica y civilmente el Estado confesional católico. Para alcanzar lo cual no existe más que un camino, instaurar todas las cosas en Cristo, Instaurare omnia in Christo, que es el lema de San Pío X. Porque no hay más que dos soluciones, o Cristo es para nosotros Deus meus et omnia, es decir, mi Dios y mi todo, como incansablemente rezaba San Francisco de Asís, y entonces viviremos en el Reino de Cristo la justicia de Dios y la paz de Cristo, o hacemos del mundo nuestro todo y lo instauramos todo en él, como por desgracia ha hecho la Jerarquía conciliar recibiendo no obstante el castigo de Dios, pues de ahí se ha seguido que en nuestro mundo actual no hay ni justicia en las sociedades, ni paz en los corazones, ni Reino de Cristo que sea digno de tal nombre.

Nos encontramos aquí, mal que nos pese, con el naturalismo masónico que, vertido primero en la sociedad humana en forma de liberalismo, se infiltró después en la Iglesia como humo de Satanás, en palabras de Pablo VI. Mirar al mundo en las edades de la Fe era ya peligroso porque, aun siendo confesionalmente católico, ni el mundo ha sido jamás ni puede ser un convento ni aunque lo hubiera sido, como intentara Savonarola en Florencia, hubieran estado a salvo los cristianos de ser tentados por el diablo, que pecó en el Cielo y en la presencia del mismo Dios. Pero en una época de apostasía de las naciones y de liberalismo rampante, de desmesurado descontrol de la soberbia humana, de negación del Reinado así espiritual como temporal de Cristo, mirar al mundo y abrir hacia él las ventanas, como enseñaron a la Iglesia Juan XXIII y Pablo VI, no fue temeridad sino locura. Razón tenía la santa de Ávila al amonestar con la mayor severidad a sus monjas de que se abstuvieran incluso de aprender el lenguaje del mundo porque eso sería infierno. En suma, lo que está en juego es, como en tantas otras ocasiones, si la religión cristiana y católica es una religión sobrenatural, la única tanto en su género como en su especie, absolutamente irreductible a criterios puramente naturales. Si el pecado separó al hombre de Dios y exigió una satisfacción congrua, si la muerte de Cristo en la Cruz fue el sacrificio que, ofrecido por el Verbo hecho carne, operó esa satisfacción, sobreabundante, a que Dios tenía derecho por los pecados de los hombres, si la medida del cristiano es Cristo en Cruz o Adán caído y en consecuencia, si debe el hombre cristiano esforzarse por luchar contra los enemigos de su alma para asemejarse a Cristo, si el Espíritu Santo ha actuado en la Iglesia a lo largo de los siglos para conducirla a la verdad plena, si la Iglesia Católica es el único camino de salvación revelado por Dios, si la esperanza del hombre ha de ponerse en este mundo o en el otro.

Nuestra época es, por desgracia, la de la Pasión del Cuerpo místico de Cristo, la de la Pasión de la Iglesia que como Esposa debía seguir a su Señor así en la muerte como en la Resurrección. Quien compare la Iglesia de tiempos de Pío XII, disciplinada y mística, fiel en todo a su Tradición y a su esencia, con la actual, demacrada, expuesta a insultos y salivazos, crucificada en la mentira y en la herejía, no podrá por menos, si es que en su corazón alienta la más mínima chispa del fuego de la verdad católica, de asombrarse ante el sufrimiento indecible de esta Madre. No renegamos de ella sino de la obediencia a la Jerarquía conciliar que la ha reducido a tal estado. A ella la amamos hasta lo más profundo de nuestra alma, por ella, como Santa Teresa de Ávila, deberíamos dar mil vidas si el Señor nos concediera esa gracia, y siendo como somos pecadores alzamos nuestra voz en su defensa y en medio de sus enemigos, que son también los nuestros. Así como los Pontífices condenaron a Cristo Señor a la muerte, así también los Pontífices condenaron a la Iglesia tradicional, que es la única católica, a desaparecer. Y lo hubieran conseguido de no ser porque unos pocos miles de fieles y un puñado de sacerdotes conservaron intacto el fuego de la verdad de Cristo, que jamás podrá desaparecer de sobre la faz de la tierra.

De nada ha servido el alejamiento que las diversas sociedades han manifestado con relación a la Iglesia, tanto más extraño cuanto más la Iglesia pretendía acercarse al mundo, de nada el descenso en barrena de la práctica religiosa, de nada el vaciamiento de Seminarios y Noviciados no menos que las mismas Iglesias, de nada la pérdida de la auténtica Fe católica así en fieles como en pastores. Nada ha conseguido, ni aun la tozuda realidad, que la Jerarquía de la Iglesia siquiera se preguntara si el Vaticano II había sido en verdad el inigualable Concilio que oficialmente proclamaba contra viento y marea como un nuevo Pentecostés, ni si la reforma auspiciada por él había sido algo realmente querido por Dios y había dado los frutos que eran de esperar de toda verdadera reforma. Quien conoce la historia de la Iglesia sabe que en el lenguaje católico las reformas son movimientos que, surgidos en tiempo de relajación de las costumbres, tienden a devolver a la Iglesia a su ideal divino del que en ocasiones se ha ido alejando por el pecado de los hombres.

Dos se pueden señalar como capitales en el segundo milenio, la de San Gregorio VII en el s. XI y la del Concilio de Trento en el XVI y en ninguno de esos casos se trató de homologar a la Iglesia con el mundo ni de que se encontraran con enorme simpatía la religión del Dios que se hace hombre con la del hombre que se hace dios, como dijera Pablo VI en el discurso de clausura del Vaticano II, sino antes al contrario, de alejar a la Iglesia de aquella mundanidad en la que se había despeñado. Las verdaderas reformas católicas han sido siempre recibidas con disgusto y pesar de sacerdotes y fieles como lo demuestran tanto el piadoso tránsito de San Gregorio VII desterrado en el castillo de Canosa, como las tres tentativas de asesinato que padeciera San Carlos Borromeo por parte de sacerdotes corrompidos al implantar la reforma de Trento en Milán. Así también padecieron en las órdenes religiosas quienes al ver la corrupción de sus religiones lucharon por reformarlas para devolverlas así a su ideal primero, siendo aquí paradigmático el caso de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz. En este contexto, la reforma del Vaticano II es equiparable únicamente con la de Martín Lutero en Alemania, la de Cranmer en Inglaterra o la de Calvino en Ginebra, no hay en toda la historia de la Iglesia otros movimientos con los cuales se le pueda hallar ni aun la más mínima similitud, y las semejanzas que se pueden encontrar son siempre heterodoxas. Porque como dijera Egidio de Viterbo, General de los Agustinos, al comenzar el V Concilio de Letrán: no son los hombres quienes deben cambiar la religión, sino la religión la que debe cambiar a los hombres.

Se puede hoy en día negar en la Iglesia prácticamente cualquier dogma, se puede negar la moral católica y hacer lo que se quiera en la liturgia, pero jamás intervendrá eficazmente un Obispo o la Santa Sede para reprimir los excesos que por todas partes nos encontramos, más allá de dar cartas pastorales o Encíclicas que todos alaban, pocos leen, sólo un puñado las cumple y nadie al fin las recuerda. Una sola cosa ha sido eficazmente reprimida y perseguida desde el Vaticano II: la Tradición. Díganlo si no los sacerdotes suspendidos a divinis por continuar celebrando la Misa tradicional antes de que saliera por sus fueros Benedicto XVI; díganlo los sacerdotes de mentalidad tradicional enviados a las peores Parroquias mientras los modernistas copaban en las Diócesis y en la Curia romana los más apetecibles puestos, díganlo los fieles a quienes se ha negado y se sigue negando la Sagrada comunión por pretender recibirla de rodillas, díganlo aquellos otros católicos que al dirigirse humildemente a sus Pastores para dar cuenta de los abusos de sus sacerdotes y pedir reparación han recibido o la cayada por respuesta o, en el mejor de los casos, excusas, dilaciones y promesas nunca cumplidas, díganlo, en fin, los sacerdotes tradicionalistas que parecen haber sido los únicos castigados por su apego a la Tradición mientras a los demás se les permitía hacer, sin cortapisas, lo que les viniera en gana. De donde se sigue, con una lógica impecable, que continuar con la Tradición es contrario al Vaticano II, pero destruir la Iglesia hasta sus mismos cimientos, no.

Con todo respeto nos tememos que Vuestra Santidad represente el ápice de todos estos errores. El eje de Vuestra doctrina estriba en la promoción del bien natural del hombre por encima de todo y en la aniquilación de los pocos fundamentos católicos que le quedan a la Iglesia conciliar. A todo ello nos hemos referido ya más arriba y Vuestra Santidad parece no ser sino la suma y el más claro exponente de cuanto hemos dicho. Dudosa es vuestra preparación tanto en Filosofía como en Teología, evidente vuestro subjetivismo en Moral, y nos preguntamos hasta qué punto puede ser verdadera una humildad que es sistemáticamente exhibida ante el mundo para que sea ensalzada. Tampoco deja de ser llamativo que, tomando en Vuestra boca las palabras del gran heresiarca de todos los tiempos, Martín Lutero, tildéis de pelagianos y fariseos a aquellos que por medio del esfuerzo ascético luchan por vencer sus pasiones. Idénticas expresiones y aún más graves lanzaba el agustino de Wittenberg contra los monjes que en su misma religión practicaban la más estricta observancia.

Esta confusión en la doctrina de la Gracia, esta perversión del dogma católico, este felicitar los protestantes a los católicos por tener por fin un papa protestante nos hacen pensar en el último castigo de Dios a una humanidad que no ya le ha dado la espalda sino que se ha alzado contra El, y a una Jerarquía conciliar que, con las bendiciones de los Pontífices, se ha desposado con el enemigo maligno. Largo sería exponer por menudo los errores teológicos que habéis formulado ya en los pocos meses que lleváis sentado en la silla de Pedro, al menos cuando no consideráis a bien prestársela a algún futbolista o emplear Vuestro tiempo en haceros retratar llevando nariz de payaso. Está para suceder algo muy grave y creemos que Vuestra Santidad es en todo ello una de las piezas clave, algo profetizado hace ya muchos siglos por el discípulo amado, pero ni Vuestra Santidad, ni esta Iglesia, ni este mundo merecen que se les avise de lo que con tanta claridad gritan las Sagradas Escrituras. Mas por el bien de la Santa Madre Iglesia, a la que deseamos entregar hasta la última gota de nuestra sangre, esperamos equivocarnos en este punto, y rezamos para que Jorge Mario Bergoglio sea de verdad Franciso, no el hombre libre de resonancias masónicas que su etimología significa sino el Poverello de Asís, para que cumpláis la voluntad de Dios, y Dios su voluntad en Vuestra Santidad.

Creemos haber tocado los temas fundamentales que desgarran hoy a la Iglesia Dios. Nos situamos plenamente en la senda de la verdadera y única Tradición católica, nombre que infunde en los modernistas tanto odio como terror. Sin embargo, una cosas ha evidente a favor de esta postura y sírvanos de fundamento para exponerla la figura de Mons. Marcel Lefebvre. En efecto, habiendo sido el Arzobispo suspendido a divinis por ordenar sacerdotes sin legítimas dimisorias y excomulgado por consagrar obispos sin mandato pontificio, jamás sus posturas teológicas han sido condenadas por los Papas postconciliares ni por Dicasterio romano alguno, porque si condenasen su doctrina condenarían a todos los papas anteriores incluído el mismísimo San Pedro; como tampoco las de la Hermandad por él fundada y otras que de ella se nutrieron y hoy son independientes de aquélla, no menos que las de otros grupos de variadas tendencias que jalonan el ámbito tradicionalista, cosa que después de más de cuarenta años llama tanto más la atención. Dios no ha permitido que Roma condene solemnemente la verdad católica defendida por estos grupos, porque no puede hacerlo.

Hace cincuenta años que nos encontramos sistemáticamente con la misma realidad: la negación de la Tradición de la Iglesia percibida como un ente maligno al que se debe exorcizar en todas sus manifestaciones, cual macabra pesadilla que no merece ni aun ser recordada. Con asombro hemos visto cómo al mismo tiempo que los Papas parecían querer conservar un mínimo de ortodoxia y de disciplina, la realidad vivida en la mayoría de las Diócesis, Parroquias y otros grupos diversos distaba mucho de lo que en teoría era proclamado como verdad oficial. Ni dignidad en la Liturgia, ni pureza en la doctrina, ni obediencia en la disciplina, y todo ello sazonado con la más absoluta pasividad de los Obispos. Decimos mal, que no es pasividad por parte de los Prelados lo que nos hemos encontrado, sino connivencia y aun aprobación del error y de la indisciplina, pues una y otra vez los sacerdotes menos señalados por la pureza de su catolicismo eran y son elevados a los cargos de más alta responsabilidad. La Jerarquía de la Iglesia que hemos conocido pretende, como su mayor timbre de gloria, no ser la misma que llegó a los albores del Vaticano II. Y dice bien, porque no lo es.

Sometemos por último cuanto aquí decimos al juicio de la Iglesia romana, maestra perenne de la única verdad católica. Pero no a esta Roma que ha abrazado el modernismo, cloaca de todos los errores, sino a la Roma de Pedro, Lino, Cleto, Clemente, y por citar sus últimos sucesores antes del Vaticano II, Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII. A ellos encomendamos, pecadores, la verdad de nuestra causa. En cuanto a Vuestra Santidad, debemos deciros que oramos por un milagro para que pudierais comprender cuanto hemos expuesto. Todo pecado, nos dice nuestro Señor Jesucristo, les será perdonado a los hombres en este mundo, pero el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, como enseña el Papa Pío XII, el Espíritu Santo que descendió en Pentecostés sobre la Virgen Santísima y el Colegio Apostólico, que les dio fuerza para dar valiente testimonio ante el mundo y derramar su sangre por su Maestro. El Espíritu Santo que llevó a la Iglesia a su pleno desarrollo, cual cuerpo que crece y evoluciona, y que por tanto alienta, cual fuego, en la Tradición de la Iglesia. Pecado contra el Espíritu Santo es negar la Tradición que El dirigió a lo largo de los siglos y corromper la Fe que sin falta, pura e inmaculada, conservó. Vuestra Santidad es celador de esta nueva doctrina y ha de ser por ello responsable ante Dios en el día del Juicio del destino eterno de los fieles al frente de los cuales fue Vuestra Santidad constituido. A Vuestra Santidad le da la razón el supuesto Magisterio de un Concilio que se sale por completo de la Tradición, si no en todas sus expresiones, sí en sus fundamentos y principios. A nosotros nos sostienen 1962 años de Tradición ininterrumpida y no pudiendo tener razón al mismo tiempo Vuestra Santidad y nosotros, nos abrazamos a esa Tradición a la cual San Vicente de Lerins nos recomienda asirnos vigorosamente si es que alguna vez se repetía en la Iglesia una crisis como la arriana.

THE CATHOLIC MANIFEST
IN THE FORM OF OPEN LETTER
TO H. H. POPE FRANCIS

Most Holy Father :

Cardinal Suenens, close friend of Pope Paul VI, once declared that Vatican II was ” 1789 in the Church” as Romano Amerio collected in his magisterial work Iota Unum. Neither the then Cardinal Ratzinger had qualms in saying that this same council represented the assumption by the Church two centuries of liberal tradition. This is no time for quoting studies and opinions that have been expressed about, worth the authorized claims we have brought up. Now, we, along with Popes Gregory XVI in his encyclical Mirari Vos, Pius IX in his encyclical Quanta cura and the Syllabus, Leo XIII in his encyclicals and Immortale Dei and Libertas Praestantissimum, S. Pius X in his encyclical Pascendi, Decree Lamentabili and sillonisme condemnation, Pius XII in the Encyclical Humani Generis, to name most mentioned documents, we cannot but completely reject liberalism religiously following and obeying the doctrine unanimous expressed by all pre-Vatican II popes .

We do not believe that neither your Holiness, nor a Pope or a Council or even an angel come down from heaven have power to make us depart from doctrine so clear and steady and force us to embrace what those Popes with clarity and their Apostolic authority condemned. If so, Apellamus ad Petrum, that is to say to the Fisherman of Galilee and the Prince of the Apostles, as if to bear witness to the same truth that the Holy Catholic Church piously guarded and stated without fear or hesitation over the centuries had us to be punished, we trust that our obedience to traditional teachings of the Church would move to the Sacred Heart of Jesus Christ to take for himself the judgment of our cause, even if it had to come down from Heaven St. Peter himself to put things in place.

By virtue, we must say to Your Holiness that we completely reject not only the Declaration on Religious Freedom of Vatican II, which represents the full assumption of liberalism and freedom of religion so widely condemned by the Popes and contains even condemned expressions earlier in its wording, but also all that council because all he is racked with the same errors. It is not time to expose it more largesse. But do not think that we reject an Ecumenical Council, God forbid we do that. Rather, we deny that neither the Pope nor even with him all the bishops of the Church can impose new doctrines and solemnly condemned by the Roman Pontiffs. They don´t have nor the Ecumenical Council authority to overturn the Deposit of Faith and to teach what is left of Holy Scripture and Divine Tradition. And see Your Holiness that in saying this, we do not turn away none of the Doctrine of the Church. We must obey the Pope and the bishops when they command so much just as wrong, but never when their commands are sin, even venial sin, and sin is and the most serious of all corrupting faith and accepting it to be corrupted . We deny, then, that the Vatican II have any legal force to compel the Church. Never in the history any Council spoke with such words or similar doctrines, nor the Popes who preceded those who called, enacted and imposed it on the Church by fire and sword .

Many have cried and cry the bishops of Spain, just to give an example, to see how various Liberal governments have enacted laws not only contrary to Catholic doctrine but also, and more seriously, completely destroyed the spirit, the soul of this nation. But forget or do not want to remember it was them, and above them the Vatican, who wanted that after 1400 years of uninterrupted Spanish Catholic confessional state, this nation that denominational leave to become, something never seen before, secular. All this is implementation of the Declaration on Religious Freedom cited above and under the principle, explicitly formulated by Cardinal Tarancon, “a free church in a free state “, which had already been convicted in their wording by Leo XIII. What happened in this country is perfectly applicable to many other Catholic ones. The hierarchy of the Church has accepted the foundations of the liberal state, repeatedly condemned by the Popes, and has reneged on that principle, so wisely enunciated by Pius XI in his encyclical Quas primas, which puts the social reign of Our Lord Jesus Christ as the axis of the political vision of the Church. Because if we are Catholics by force we must accept as false the first postulate of liberalism according to which national sovereignty resides in the people, whereas Scripture teaches us, in the words of the Apostle, that power comes from God.

Denied the denominational and put the power in the people and in the will of the majority, the state no longer has any connection with the doctrine of the Church and not feel compelled to honor and obey the Law of God, especially in legislative action. Now if the state receives its power from the people and not feel obligated to fulfill the commandments, nor the people feels compelled to meet those same commandments that neither the State complies, to whom he delegates his supposed power. Illogical would be the upper being constrained by rules to which the bottom is not constrained, and this is what we are now seeing and living in these liberal states loved and blessed by the post-conciliar hierarchy.

Returning to Vatican II, denied the foundation has to refuse a fortiori what is built on. But not only due to the false foundation on which it rests, but even for intrinsic reasons. So, we declare unlawful and lacking any legal obligation to the Missal and all the new liturgy promulgated by Paul VI and John Paul II not only because they depend on this supposed Council, but because never in the history of the Church took place in the Catholic liturgy as deep and systematic deformation under the guise of reform. Never was in use in the Church of God any rite nor in East neither in West which has even a remote similarity with the irreverent and sometimes sacrilegious ceremonies -one example is the gesture, extremely deplorable, to deposit the Blessed Sacrament in the hands of communicants- illegitimately imposed on priests and faithful. The liturgical tradition until Vatican II is absolutely linear and consistent in itself, does not reflect any break ever with the foregoing but an evolution at all analogous to that of homogeneous character experienced by the dogmas, as will find who, without modernist prejudices, study the history of this beautiful discipline.

Just as from the public revelation ended once and for ever with the death of the Apostles, for the further deepening of theological work and reaction against heresy the Church was stating the dogma throughout the centuries with full clarity, absolute accuracy and infallible authority, so overlaid directly to the sacraments instituted by Our Lord Jesus Christ, by a completely homogeneous evolution of ceremonies that didn´t lack the assistance of the Holy Spirit to be instituted. We declare false the principle, widespread in the Church today , in which the evolution of the liturgy from the ss. VII -VIII had been deformation rather than homogeneous evolution beloved and inspired by God. Heretic would be who applied the same principle to Catholic Dogma, and we declare also heretics those applying it to the Liturgy. We affirm that the Roman Rite, reformed by order of the Council of Trent and aproved in its various forms by Pope St. Pius V, is substantially irreformable. Accidental Reforms have always been supported by the Popes, especially in the fifty years between the enactment of the new weekly distribution of the Psalter made by St. Pius X and the beginning of Vatican II, but without ever affecting the substance of the Rite .

It is precisely those pre-conciliar reforms which more eloquently reject the post-conciliar ones. Well in fact, how to explain that having enacted a new weekly Psalter, in only sixty years were published a new distributed in four weeks, anything ever known in history? How is it possible that in 1955 Pope Pius XII published a new Order of Easter and John XXIII in 1962, a reformed rite for the dedication of churches and altars, and only fifteen years later, in 1970 and 1977 respectively, we find with other ones absolutely different promulgated by Paul VI? But both reforms are so radically different that was correct the first or wrong the second, or to the contrary, because both contradict and exclude. But if first, we do not need more to show the error of the second reform, if the latter, who can guarantee that the second reform was right, mediating such a short span of time between the two?

Catholic liturgy is heaven on earth, worship of the mystical Body of Christ united with its head, on earth as in heaven, taxed to God the Father in the unity of the Holy Spirit, a unity that is simply no other but the same Church militant, suffering and triumphant. Heaven is where Christ glorious is, God and man, Body, Blood, Soul and Divinity, that is to say sitting at the right hand of God in the highest, and sacramentally on our altars. He is the conqueror of sin and death, and as such, justly celebrating his victory, the Church received him triumphant forever, even materially widely adorned with all sorts of riches by her Divine Spouse to receive him worthily as Wife and so celebrate his victory. Catholic liturgy is triumphant and can not be anything else because the Church offers on their altars and preserves in their tabernacles that glorious and sacramented, that is head of the Mystical Body, which has rescued and bathed with his blood shed on the cross. Triumphant because our Lord Christ founded it on earth and no one has been or ever will be able to destroy. Triumphant by the blood of the martyrs, by the strength of the confessors, by the dedication of the pontiffs, by the purity of virgins. Triumphant for having destroyed all the heresies, having crushed the devil a thousand times, having conquered the world again and again. Triumphant, well, because when we are in God’s grace and approach to receive the Blessed Sacrament are triumphing mystically seated with Christ in heaven, and do not receive anything but the same who watch face to face the angels and saints in that ineffable beatific vision, and that is the food of the saved for all eternity.

It is not what we live today in the Conciliar Church. It has been completely neglected in the Liturgy triumphalism and often is used in worship the low and despicable, making it a service done not to worship God but to flatter men. It has completely forgotten the triumph of Christ and what is celebrated is, God forbid, the triumph of the man who scored the enemy of God and mankind in Vatican II. Never in history has treated worse Christ in the Sacrament. Never had been so perverted the true meaning of Catholic worship, because the refuse of the triumph of Christ in Liturgy refuses union with the Church triumphant, while our future and our eternal salvation. The Liturgy no longer celebrates the triumph of the saints over the devil, the world and the flesh, but the man who, by listening to the devil, seeks to enjoy this world and their own flesh. If you do not believe us, ask Your Holiness if Thy preach regards many times to the fight against the devil, contempt for the world and victory over our passions, heavily exposed subjects listed even on older homiliaries. Thy bishops and priests do not preach about them more than your Holiness, and who does it is rejected by a congregation who have been trained for years in a non-Catholic mentality.

Because unfortunately the Vatican II not only contains serious doctrinal errors and has led to the destruction of the Catholic liturgy, but has caused the complete disappearance of the Christian philosophy of the genuine Catholic Theology, and a radical change in the mindset of priests and faithful. Enough sample be that in any seminary, and those of Your Holiness in Rome are no exception, are today teached the philosophy and theology pre-Vatican II texts, which have been sent to Erebus not only by ignorance of Latin that are submitted the seminarians to prevent them going to drink the clean sources of tradition, but because nobody would admit as text even translations that still are to cope. Never in history had occurred in the Church the same, ever befell a break so monstrous in philosophical and theological tradition. The abandonment of philosophy and theology has always accompanied all preceding heresies, because it is impossible to accept the new lie for who that studies the eternal truth. To drive all this must be noted this anthropocentric change that Rahner, one of the biggest culprits of the deviations of Vatican II, quotes, with curious sincerity, as its main result .

And he was right because as Cardinal Wojtyla in 1974, after a trip to Canada, said about Catholics who had found there: It is sad to give worship to themselves. What the cardinal then said should be extrapolated to the whole Church, and not just at the time, but also and increasingly herein. Indeed, it is the man to whom the worship is today given in the Conciliar Church following the sophistry of Protagoras: Of all things, man is the measure. The measure is not the Word incarnate and that all men, with the help of grace, must worship and strive to emulate in competition with the three enemies of the soul, but fallen man, Adam, who ignores the Cross and whhat havs even the slightest taste of asceticism. And so our first father, deceived by the woman and the serpent, he who has ears to hear let him hear, out of the tomb which scarecrow and hiding in the false light of the fallen angel be nothing that man old, is presented to the world as the new measure and in short as the false christ. Because being in Scripture Adam the type and the antitype Christ, and this is teaching of the Apostle, if Adam replaces Christ becomes, in contrast, the Antichrist. And this is who is now enthroned in the holy place. Well, like the old man is the new liturgy, the new philosophy, the new theology, new morals, new canon law, the new spirituality, lacking Cross and asceticism, and in short, the new Conciliar Church. And it’s so obvious that it requires proof only for that, unfortunately the vast majority who are comfortable in the midst of the tragic corruption of Faith and morals that all this represents, to which, indeed, nothing they be persuaded of the error of their approach, as nothing could convince Luther of Catholic truth.

Every heresy takes as a basis a Catholic truth out of its context, and makes it the focus of a new and false Christianity. Thus, the new hierarchy has taken as an axial truth and supreme end the natural good of man, to which all must be submitted. It obscures or hides that the greater good of man, that is unmatched by any other, is this supernatural, that is, the grace of God, to be transformed into glory in the future age, and that the end of man is not himself or the world but God and his glory, as St. Ignatius of Loyola remember us in the Beginning and foundation of his Exercises. This is the precious pearl, the more precious the more sanctifies us, renews and transforms us into God, this hidden treasure that we have in earthen vessels, which when broken will leave forever uncovered what we are, or the old man meant to eternal hell or the new man sanctified by grace and destined for glory everlasting. It is not a mistake to emphasize so much in the Works of mercy, as it was our Lord Jesus Christ who entrusted us with the most severe warnings and the Holy Church has fulfilled without fail over the centuries, the error is making it the hub of Christianity getting as close to the man and his happiness in this world. We can never find in the Gospel nor in the apostolic writings any statement which will be even remotely think that God can make the intention or promise us for our worldly happiness. Never in the Tradition of the Church can be found anything that even remotely can remember such an idea.

That material and worldly goods of man, become the basis of this false Christianity and coated with the trappings of peace more apparent than real, is also the basis of ecumenism. To pray for peace as the supreme good of man sought to have met the Popes to raise their prayers, without feeling any shame, with ministers of false religions praying to their false gods, kissing the Koran, putting Buddha on the Tabernacles, participating in Jewish ceremonies and countless atrocities that would be onerous remember. And always with the excuse of a peace that is seen as the sine qua non condition for the happiness of man here and now. Thus Catholicism is no longer the only religion revealed and therefore true, but one among the others which at most is more true than the other, which turn out to be false. And it is not seen any contradiction for having put man´s earthly happines as the supreme goal and as the greatest good, as far as there is no need for asking about eternal destiny of those same people who having prayed for peace with the Popes, felt after his death to hell for lack of baptism and Catholic Faith. It is not already a concern the eternal destiny for every human being, that shook the tireless missionary activity of the Church throughout its history, because having been accepted by more that all men are saved there is no need for stopping longer in that case, which seems to be so happily settled, but in the peaceful enjoyment of this world in which we live. And so are legion missionaries comprising today their task not as spread the Kingdom of Christ and his grace but as a mere social assistance and promotion of disadvantaged peoples. Tradition of the Church reveals the falsity of such principles as Saint Francis Xavier went not to feed the Chinese and the Japanese, but to teach the Catechism and to baptize until his hand became tired.

They forget the three slogans that appear on the coats of arms of the three great Popes of s. XX, St. Pius X, Pius XI and Pius XII. Because peace is the fruit of justice, Opus iustitiae pax, as stated in that of Pius XII, and in virtue there can be no peace where there is no justice. But as justice is giving to each what is due to him, turns out that only within Catholic Church can be true justice, because it is alone the only true religion revealed by God, the one in which you can give to God and the man what, mandated the same God, corresponds to them, to God glory and to man grace. For true peace is that which Christ made between God and men to overcome sin, the source of all discord, and to offer to God the Father in the tree of the cross the sacrifice that, for the sins of men, demanded the eternal salvation of these. From this it follows that only in the bosom of the Catholic Church can be true peace, because only she can fulfill all righteousness and she alone is the manager of the pacifying and redeeming blood of Christ. This peace is what Christ gave His Apostles teaching them He gave it not as the world gives, and therefore we rightly struggle to prevail peace of Christ in the Kingdom of Christ, Pax Christi in regno Christi, as the motto of Pius XI. Because if we are Catholics, in any way we can aspire to the peace that the world gives but to that given by Christ the Lord, peace that is dispensed only in the Kingdom of Christ which is the Catholic Church spiritually and civilly the Catholic confessional state. To achieve which there is only one way, establish all things in Christ, Instaurare omnia in Christo , which is the motto of St. Pius X. Because there are only two solutions, or Christ is for us Deus meus et omnia, that is, my God and my all, as prayed tirelessly St. Francis of Assisi, and then we will live in the Kingdom of Christ God’s justice and peace of Christ, or making the world our everything and we build everything in it, as unfortunately has made the new conciliar hierarchy despite the fall receiving punishment from God, because there has followed that in today’s world there is no justice in societies, no peace in hearts, nor Kingdom of Christ to be worthy of the name.

We find here, whether we like it, Masonic naturalism, pouring firstly human society in the form of liberalism, then infiltrated the Church as the smoke of Satan, in the words of Paul VI. Looking at the world in the age of the Faith was already dangerous because, although Catholic confessional, nor the world has ever been or can be a convent and even if it had been, as trying Savonarola in Florence, had been safe for Christians to be tempted by the devil, who sinned in Heaven and in the presence of God himself. But in a time of apostasy and rampant liberalism in nations, uncontrolled excessive human pride, denial of spiritual and temporal reign of Christ, looking at the world and open the windows to him, as the Church was taught by John XXIII and Paul VI, was not recklessness but insane. Reason was the Saint of Avila to admonish with the utmost severity to her nuns to refrain even learning the language of the world because that would be hell. In short, what is at stake, as in many other cases, is wether the Christian and Catholic religion is a supernatural religion, the only of its kind both as a kind, absolutely irreducible to purely natural. Wether sin separated man from God and demanded satisfaction congruou, wether the death of Christ on the cross was the sacrifice offered by the Word made flesh, operated that satisfaction, superabundant, for God was entitled for the sins of the men, wether the measure of a Christian is Christ on the Cross or fallen Adam and therefore whether Christian man strive to fight against the enemies of his soul to resemble Christ, wether the Holy Spirit in the Church has acted along the centuries to lead to the full truth, wether the Catholic Church is the only way of salvation revealed by God, wether man’s hope is to be in this world or the next .

Our age is, unfortunately, the Passion of the Mystical Body of Christ, the Passion of the Church, as the Bride should follow their Lord in death and also in the Resurrection. Whoever compares the Church of Pius XII´s times, so mystique and disciplined, faithful in all to its tradition and to its essence, with the current drawn, exposed to insult and spitting, crucified on lies and heresy, can not but, if your heart encourages the slightest spark of fire of Catholic truth, marvel at the untold suffering of the Mother. We do not deny She but obedience to the conciliar Hierarchy that has reduced Her to such a state. She’s love to the depths of our soul, for Her, as St. Teresa of Avila stated, we should give a thousand lives if the Lord grant us the grace, and being as we are sinners, raise our voice in defense and in the midst of Her enemies, which are also ours. Just as Pontiffs condemned our Lord to death, so the Popes condemned the traditional church, which is the only Catholic, to disappear. And he had succeeded if not for a few thousand faithful and a handful of priests kept intact the fire of the truth of Christ, that will never disappear from the face of the earth.

It has been useless the estrangement that various societies have expressed with regard to the Church, the more strange the more the Church sought to approach the world, the auger decline in religious practice, emptying Seminars and novitiates not unless the same churches, the real loss in faithful Catholic Faith as well as pastors. Nothing has gotten, even the stubborn reality, that the Church hierarchy even wonder wether Vatican II was indeed the unique Council officially proclaimed thick and thin like a new Pentecost, nor whether she had sponsored a reform been really loved by God and had given the fruits that were expected of all true reform. He who knows the history of the Church also knows that true Catholic reforms are movements that emerged in relaxation times of the customs, tend to restore the Church to its divine ideal which sometimes has been moving away due to the sin of men.

Two capitals may be designated as the second millennium, that of St. Gregory VII in the s . XI and that of the Council of Trent in the sixteenth and in none of those cases involved standardizing the Church to the world nor meeting with great sympathy the religion of God made man and taht of the man who become god, as Paul VI said in the closing speech of Vatican II, but on the contrary, to alienate the Church in which worldliness that had fallen off a cliff. The true Catholic reforms have always been received with disgust and regret from priests and faithful as evidenced by both the holy death of St. Gregory VII banished to the castle of Canossa, and the three attempted murders that Saint Charles Borromeus suffered by priests corrupted to implement the reform of Trent in Milan. It was also suffered in religious orders those who watching the corruption of their religions fought for reform them and to return them to their first ideal, being here paradigmatic the case of St. Teresa of Jesus and St. John of the Cross. In this context, the reform of Vatican II is matched only by that of Martin Luther in Germany, that of Cranmer in England or Calvin in Geneva, there are in the entire history of the Church no other movements with which you can find not even the slightest similarity, and the similarities that can be found are always unorthodox. Because as said Egidius of Viterbo, General of the Augustinians, to begin the Lateran Council V :it is not men who must change religion, but religion that must change men.

You can deny today in the Church virtually any dogma, denying Catholic morality and do what you want in the liturgy, but never willl intervene effectively a Bishop or the Holy See to curb the excesses that we see everywhere, beyond pastoral letters and encyclicals that being given everybody praises, few read, only a few accomplishes and finally nobody remembers. Only one thing has been effectively repressed and persecuted since Vatican II: Tradition. Say if a Divinis suspended priests to continue celebrating the traditional Mass before it went on track Benedict XVI, say it traditionally minded priests sent to the worst parishes while permeating modernists in the Diocese and the Roman Curia the most desirable positions, say the faithful who have been denied and continues to deny Holy Communion by pretending receive keneeling, say those other Catholics that humbly addressed their pastors to account for the abuses of his priests and seek redress or have received Cudgel for an answer or, at best, excuses, delays and promises never fulfilled, say, in short, traditional priests who seem to have been the only punished for its adherence to tradition while others were allowed to do, without restrictions, what they wanted. Hence it follows, with impeccable logic, that continue the tradition is contrary to Vatican II, but destroy the Church to its very foundations, no.

With all due respect we fear that Your Holiness represents the apex of all these errors. The axis of Your doctrine lies in the promotion of natural man´s good above all and in the annihilation of the few Catholic foundations that fit the Conciliar Church. To all this we have already referred above and Your Holiness seems to be only the sum and the clearest example of what has been said. Doubtful is your preparation both in Philosophy and in Theology, clear your Moral subjectivism, and wonder to what extent it may be true humility that is consistently exhibited to the world to be praised. Nor less striking, that taking into Your mouth the words of the great heresiarch of all time, Martin Luther, call Pelagians and Pharisees those who through ascetic effort struggle to overcome their passions. Identical expressions and even more serious launched the Augustinian of Wittenberg against their same religion brothers that practiced in strict observance.

This confusion in the doctrine of Grace, this perversion of Catholic dogma, this compliment Protestants Catholics to finally have a Protestant pope, remind us of the ultimate punishment of God to humanity that has already not only given back but also that has risen against him, and a hierarchy reconcile that with the blessings of the Popes, has married the evil enemy. Long would often expose for theological errors Your Holines have already made in the few months that bear sitting in the chair of Peter, at least when you don´t consider fit to lend it to a footballer or use Your time to make you portray wearing clown nose. Something serious is going to happen and we believe that Your Holiness is in all of the key pieces, something prophesied many centuries ago by the beloved disciple, but neither Your Holiness, or this Church , nor this world deserve to be notified of so clearly what Scripture shout. But for the sake of the Holy Mother Church, to which we want to give every last drop of our blood, we hope to be wrong on this point, and pray that Jorge Mario Bergoglio would become really Franciso, not the free man of masonic resonances its etymology means but the Poverello of Assisi, for you to fulfill God’s will, and God his will in your Holiness.

We have touched the main issues that tear the Church today. We find ourselves fully in the path of only true Catholic Tradition, whose name infuses modernists such hatred as terror. However, something is evident for this position, and we are going to propose the figure of Archbishop Lefebvre in order to explain it. Indeed, having been suspended a Divinis Archbishop by ordaining priests without legitimate dimissorial letters and excommunicated for consecrating bishops without papal mandate, his theological positions have never been convicted by the post-conciliar popes nor any Roman Congregation, because if they would condemn his doctrine the would have to condemn also all previous popes and even the same St. Peter, nor those of the Fraternity founded by him and others that it is nurtured and are now independent of the former, or other traditionalist groups, and this, after more than forty years, called much more attention. God has not allowed solemnly condemn Rome Catholic truth defended by this groups, because she can not.

For fifty years we have been finding systematically the same reality: denial of the Tradition of the Church perceived as an evil entity that must be exorcised in all its manifestations, as macabre nightmare that not even deserve to be remembered. With amazement we saw how while the Popes seemed to want to keep a minimum of orthodoxy and discipline, the lived reality in most dioceses, parishes and other groups was far different than in theory was proclaimed as official truth. Neither dignity in the Liturgy, or purity in doctrine, discipline and obedience, and all seasoned with absolute passivity of Bishops. We say bad, which is not passivity on the part of the prelates what we have found, but even connivance and approval of error and discipline, since time and again priests less marked by the purity of his Catholicism were and are raised to highest positions of responsibility. The hierarchy of the Church we have known intended, as his greatest mark of glory, not be the same as that arrived at the beginning of Vatican II. And she says well, because it is not.

We submit here say finally as the judgment of the Roman Church, the only teacher of perennial Catholic truth. But not to this Rome that has embraced modernism, amount of all errors, but the Rome of Peter, Linus, Cletus, Clemen , and to name its latest successors before Vatican II, Pius IX, Leo XIII, Pius X, Benedict XV,, Pius XI and Pius XII. They instruct, sinners as we are, the truth of our cause. Regarding Your Holiness, we must say that we pray for miracle so you could understand what we have exposed. All sin, our Lord Jesus Christ tells us, will be forgiven men in this world, but sin against the Holy Spirit will not be forgiven either in this world or the next. The Holy Spirit, soul of the Church, as taught Pope Pius XII, the Holy Spirit who descended at Pentecost on the Virgin Mary and the Apostolic College, which gave them strength to bear courageous witness to the world and shed his blood for his Master. The Holy Spirit that led the Church to its full development, like body grows and evolves, and therefore encourages, like fire, in the Tradition of the Church. Sin against the Holy Spirit is to deny the Tradition that he went over the centuries and to corrupt the Faith that He without fail, pure and undefiled, retained. Your Holiness is caretaker of this new doctrine and therefore must be responsible before God on Judgment Day of the eternal destiny of the faithful in front of which your Holiness was constituted. To Your Holiness gives the reason the Magisterium a council that full departs from Tradition, if not in all its expressions, indeed in its foundations and principles. To us, 1962 years of unbroken tradition and not being able to be right at the same time your Holiness and us, we embrace this Tradition to which St. Vincent of Lerins cling strongly recommended if ever was repeated in the Church a crisis like arian .

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(Untitled)

Please Pray for the Repose of the Soul of Patrick Keena, Conchita Gonzalez’s husband, who passed away after a courageous battle with cancer. As most of you know, Conchita is one of the visionaries from San Sebastian de Garabandal.

Rest in peace, Patrick. Please also Pray for Conchita, her children and their loved ones.